¿Alguna vez te dio la sensación que la gente se te cruza? ¿Casi como que te choca?

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… o pura intención.

 

 

Hall de Constitución.

Digamos que la salida del tren es bastante complicada. Imaginate que estás en un shopping y dan una alarma de bomba por los altoparlantes, todos corren con el fin de salvaguardar su vida. Lo único que importa es la vida de uno. Si alguien se cayó un “que se arregle, hubiera estado mas atento” y lo pasás por arriba. Un caos cuasi-uniforme al borde de la armonía. Constitución es igual, pero sin amenazas de bomba.

Intentás salir del andén, prácticamente empujado por una masa que va en una sola dirección. El tránsito cada vez es más lento, un embotellamiento al límite de Autopista del Sur. No podes avanzar, lamentablemente el que esta detrás parece no saberlo. Te pisa el talón y te empuja levemente con su mano en tu espalda. No se deja esperar tu mirada, que le lanzás directo a los ojos como una madre que intenta alejar al depredador de sus hijos. El lo recibe y por lo menos, por un instante, lo respeta.

Se logra abrir el paso, sentís una adrenalina que te permitiría correr sin ninguna preocupación por medio de un campo sembrado, sintiendo sin sentir como las plantas te rozan el cuerpo, como el viento frenesí mezclado con el aroma a campo te refresca la cara, y de repente se te cruza un convoy de cartoneros arriando sus carretillas y pensás cuando levantaran la barrera para poder cruzar.

Lográs pasar al ingreso del hall, donde el personal de evasión y los policías se amontonan en comitivas para enviar mensajes con sus celulares, es ahí donde empieza la carrera de automovilismo. Sin bajar los cambios, van acechando de un carril al otro para poder arribar primero a la llegada. Maniobra (empujón) va, maniobra (empujón) viene, logran pasar al hall exactamente al mismo tiempo que vos, salvo aquellos nafteros que son beneficiados con cinco segundos de ventaja (¿vale la pena, no?). En el Hall no cambia mucho la situación, pero es más abierto, es más alto, y le suma un condimento más, la gente que quiere entrar.

Tenés que estar extremadamente atento, ya que te chocan y se te cruzan por todos lados. Personas con palos, con carritos con bebés, con escaleras, con niños de las manos, con bicicletas (de paso… que linda que es esa chica ¿A dónde irá?), con banderas rojas y negras, etc.

Salida Avenida Brasil.

Ves la salida, un cartel en lo alto te la indica, la luz toca el piso como invitándote a salir. Saliste. Aire misteriosamente no encerrado. Llegas a la dársena y te tomás el 62. Hay un asiento, apurás el paso, lo conseguiste, lo ganaste.

Que increíble sensación, que fantástico, que reconfortable. Sentís una libertad abrumadora, extremadamente placentera.

Ya con la paz renovada, empezás a denotar los detalles del colectivo. Tratás de escuchar la conversación de la pareja que esta adelante. No tenés ánimo para peleas. Es ahí cuando notás una melancolía que viaja junto a vos.

Le sacas una radiografía de los pies a la cabeza. Un hombre de unos setenta y pico de años, zapatos con polvo, seguramente por haber estado mucho tiempo dormidos en un armario. Lleva puesto un traje sin arrugas pero con las marcas de los años de reposo en su percha. Esta mirando por la ventana como observando al pasado que no vuelve. Por más que no te mira llegas a divisar que sus ojos están rojos de tanto llorar sin poder largar una sola lágrima. Es en ese momento donde comprendés que viene de un funeral. ¿De su esposa? No, no puede ser, estaría acompañado de algún hijo, no, su esposa murió hace ya bastante tiempo. Seguramente de un amigo, si, y no es el primero, ya perdió a varios. Su rostro lo dice todo. Se siente el próximo y tanto no le duele. A sus arrugas le cuestan estar un día más en este mundo. El ya no es productivo. Apoya una mano sobre el cabezal del asiento de adelante y se desliza una lágrima por su cara, lenta, sorteando las dificultades que el tiempo marcó. Te da por ir a consolarlo (a veces es necesario), a estrecharle un abrazo casi paternal, pero levantas la vista y ves que estas llegando a tu parada. Que dilema existencial. Dos opciones completamente opuestas. No tenés tiempo. Tocás el timbre.

Ya en tu casa después de un día normal, te acostás en la cama y encendés el televisor para apagar las ideas.

 

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